Gracias a quienes forman parte de IPMS Córdoba, y a aquellos con quienes empecé este camino
Corría el año 1982, y con apenas 9 años veía las pocas imágenes que llegaban de la Guerra de Malvinas. Desde muy chico me sentía atraído por los aviones y los helicópteros, pero siempre militares. En una de mis tantas visitas al centro, en Avenida Vélez Sarsfield casi esquina General Paz, mano hacia el ahora Shopping Patio Olmos, estaba lo que yo identificaba como “mi lugar en el mundo”: la juguetería La Calesita, cuyo dueño era Don Carmona.
Mi primer avión fue un Polikarpov I-16 de la marca Revell Kiko, inyectado en Brasil, escala 1/72… que, por cierto, aún tengo en mi vitrina. Con las limitaciones de un niño de tan solo 8 años comenzó esta pasión y locura por los aviones, que hasta el día de hoy, a los 53 años, aún perdura.
En esa época no eran pocos los lugares donde se podían conseguir aviones: Casa Tía, Todo Hobby, La Calesita, y alguna otra más cuyos nombres ya no registro en el Pasaje Central, en calle Santa Rosa, y sobre calle Caseros, que compartía espacio con una agencia de quiniela… o lo de Julio Casarotto, en calle Uspallata, en barrio San Martín.
Ir de viaje a Rosario o a la Capital Federal (hoy Ciudad Autónoma de Buenos Aires) era llevar en una libreta las direcciones de las casas de maquetas y hobbies, visitas obligadas.
Pasaron los años, dejé la escuela primaria, entré a la secundaria, a la universidad, y seguía armando maquetas, siempre relacionadas con dos temas puntuales: Segunda Guerra Mundial – Frente Oriental, y Malvinas.
Un día, eligiendo una maqueta mientras miraba cajas y matrices, se acercó desde atrás una persona que a la postre se convertiría en un amigo, allá por fines de los años 80 (casi arañando el inicio de los 90), y que por suerte continúa siéndolo. Mientras yo miraba un Grumman S2F Tracker 1/72 de una marca no tan común, Hobbycraft, me preguntó: “¿Vos también hacés argentinos?”. Las crisis económicas, costumbre en el país, nos limitaban las compras… Ese día no se pudo comprar el Tracker, pero sí me vine con un avión soviético de una marca que recién veía, NOVO: un Tupolev SB-2. Y la misma voz me dijo: “Ah, pero a vos te gustan los desafíos… Sos el primer demente que arma soviéticos en la Argentina”. Hablamos del porqué, me dio su teléfono y me dijo: “Nos reunimos un grupo de modelistas en el Obispo Mercadillo, una vez por semana, por la noche. Venite”. Y fui.
Conocí grandes modelistas, grandes personas: Pedro, Hernán, Oscar, Rodolfo, Pablo, Cacho, Manuel… y me sumé al por entonces denominado IPMS Córdoba.
Viajamos a concursos y muestras por todo el país: Rosario, Villa María, Bahía Blanca, Mar del Plata, La Plata. Y hicimos muestras y concursos en Córdoba: ACME, Jornadas de Puertas Abiertas… Era mostrar lo que hacíamos, aprender y compartir muy buenos momentos.
Hasta que una vez uno dijo: “¿Y si viajamos a Chile?”. Fuimos a la FIDA, que luego sería FIDAE, y la locura se agravó. De regreso volvíamos cargados hasta el techo (literal): cajas desarmadas adentro de otras cajas más grandes, todo sea por ganar espacio. Y claro, después de pasar por Mirax, la Juguetería Alemana, o por los súper y tiendas viendo cosas que en la Argentina no ingresaban.
Y fuimos a visitar museos y lugares históricos… y, obviamente, comprábamos más maquetas.
Pero claro, aparecieron otros problemas. Ya no solo existía el problema del espacio en la vitrina: las cajas se fueron acumulando, y la familia (me casé muy joven) fue agrandándose. Entre pañales y mamaderas, el hobby era el compañero de los cuatro chicos que llegaron para alegrar la casa… y poner en peligro los aviones.
Los chicos crecieron, los espacios se redujeron, las “cajas dentro de cajas” se volvieron una costumbre, y con las obligaciones laborales cada vez mayores, el ritmo de armado fue decayendo.

No contentos con las maquetas, comenzamos a hacer modelos a partir de madera balsa (nos enseñaba Cacho Murúa), planos (fotocopias) y partes copiadas con elementos de odontología (aprendiendo las técnicas del gran Rodolfo Lavise), usando las máquinas de vacuformado de Irene. Qué épocas, qué alegría, cuántos desafíos, cuántas conversiones, cuántas piezas nuevas… Las reuniones eran para comer, tomar y armar. ¡Inolvidables!
Cada vez más lento se llenaban las vitrinas, la primera, la segunda… y comenzaron nuevamente los problemas. “No me llenás más la casa de vitrinas”, dijo ella, la mujer que comenzó a acompañarme a los 19 años, la mamá de los cuatro hijos. Y había que hacerle caso: con ella no se podía negociar nada más de lo ya obtenido.
Pasaron los años: se abría la importación, se cerraba; se viajaba más, luego menos. Aparecían nuevas marcas, nuevos modelos; caía el Muro, se abría el bloque socialista, se multiplicaba la información… Llegaron las compras por fax, las idas a la Aduana, las interminables peleas con los agentes aduaneros, que nunca entendieron lo que es una pasión.
Luego vino internet, y las posibilidades se multiplicaron.
Apareció la idea de conseguir piezas históricas que acompañaran a las maquetas, y así nació el espacio de Malvinas… ¡hasta con tierra traída desde las Islas!

Pero la vida da y quita, y se comenzaron a ir amigos, grandes amigos: modelistas, compañeros de viaje, de pedidos, de salidas, de aventuras. Y los años pasaron y pasaron. Casi 45 años. Hubo peleas, y un club que desapareció… y las ganas de armar, o el tiempo, iban decayendo.
La humanidad vivió un momento terrible con algo llamado Covid, y fue justamente la pandemia la que hizo renacer la pasión por las maquetas, con alguna complicidad de los hijos, ya no tan chicos, y la imposibilidad de salir de nuestras casas.
Algo debía hacer en casa, y comenzamos a ordenar… y comenzaron nuevamente los problemas. Y la famosa frase de mi compañera: “¿Y de dónde sacaste todo eso? ¿Cuándo compraste tanto? No te va a alcanzar el tiempo de vida para armarlos”. Y nuevamente, ella diciendo algo justo, en el momento justo.
Durante la pandemia, que en la Argentina fue más larga que en otros lados del mundo, la maquinaria de producción se disparó como si estuviéramos en la Segunda Guerra Mundial: casi, casi, una maqueta por día. Y obviamente, otro problema: comprar una vitrina más y encontrar dónde ponerla. Y sobre todo, ¿dónde comprarla si no podíamos circular?
Y el destino siempre da una mano: aparece en Facebook una vitrina a pocas cuadras de casa, y con la excusa justa de ir al supermercado pude cruzar el puente sobre el bendito río Suquía. Y llegó la tercera. Y se llenó la tercera.

Entre tantos años abrían y cerraban comercios en Córdoba, Rosario y Buenos Aires, y se multiplicaba la venta online. Hasta que, en una búsqueda de pinturas, veo nuevamente el nombre IPMS Córdoba, ahora como club afiliado al IPMS… pero eran todos para mí desconocidos. Tuve la suerte de poder concurrir a una de sus muestras, luego a otra, exponer y conocer a nuevos modelistas.

Con los modelistas de IPMS Córdoba.
Comenzamos a juntarnos a comer algunos fines de semana, a escuchar historias, vivencias… y salían libros, información, imágenes y nuevos desafíos.
Y entre charla y charla apareció de nuevo la misma frase: “No te va a alcanzar la vida para armar esas maquetas”. Y una respuesta que me dejó impactado: “Yo te ayudo”. Así es como comenzamos a agrandar nuevamente el parque de las vitrinas y a incorporar nuevos modelos, eso sí, mucho mejor armados que los míos.
A este amigo debo mencionarlo obligatoriamente, no solo para agradecerle sino para que otros sepan lo que hace y la clase de persona que es: Rodolfo Savoia. Se convirtió en proveedor de maquetas. “Traeme de las grandes”, me dijo, y de su departamento entraron cajas y salieron modelos (Tu-16, Be-12, Tu-22B, An-12, Tu-128 y más…), para que no me pase lo que me iba a pasar. Dios quiera.
Gracias a todos aquellos modelistas, personas, directivos, socios, amigos y miembros del IPMS por compartir este espacio y por permitir estas líneas. Gracias por el espacio y por todo lo que han logrado en estos años.
Nos vemos pronto, en alguna reunión.
Saludos,
Mariano









