Missing in Action: un Wildcat perdido en la selva

Grumman F4F Wildcat en 1/32, kit de Trumpeter — basado en el artículo y las fotos…

Grumman F4F Wildcat en 1/32, kit de Trumpeter — basado en el artículo y las fotos originales de Bob Lomassaro, Managing Editor del IPMS USA Journal.

Hay algo allí

Hay algo en las máquinas de guerra vencidas por el tiempo y la naturaleza —vehículos abandonados en playas o selvas, aviones que aparecen décadas después en la jungla o el desierto— que fascina a Bob Lomassaro desde chico. La historia real del bombardero “Lady Be Good”, perdido en el desierto africano, marcó su infancia, tanto como aquellos viejos episodios de TV de los años 60 inspirados en el mismo tipo de relatos.

Missing in Action": el Wildcat tal como habría sido hallado en 1949, siete años después de desaparecer en combate.
“Missing in Action”: el Wildcat tal como habría sido hallado en 1949, siete años después de desaparecer en combate. Foto: Bob Lomassaro.

Como historiador aficionado de la Segunda Guerra, a Bob le impactó descubrir que solo en ese conflicto, 75.000 militares estadounidenses de todas las fuerzas figuraron como “desaparecidos en combate” (MIA). Muchos correspondían a restos jamás identificados en campos de batalla, barcos hundidos o aviones caídos; otros, directamente, nunca se encontraron. Como hijo de un veterano de combate de esa guerra, no podía dejar de pensar en el impacto que esa incertidumbre debe haber tenido sobre las familias.

De ahí nació la idea de este diorama: en lugar de basarse en un caso real —algo que sintió que sería una falta de respeto hacia un héroe caído genuino—, Bob decidió crear un piloto ficticio para, de alguna manera, homenajear a todos los que quedaron listados como “desaparecidos en acción”.

Por qué un Wildcat

Investigando, Bob encontró que hubo aviones y pilotos navales que jamás regresaron de sus misiones en el Pacífico Sur durante los primeros y caóticos días de la guerra. Eligió el F4F Wildcat por varias razones: estuvo presente en cantidad en las primeras campañas navales, es un avión compacto (lo que ayuda a mantener acotada la base del diorama) y, de paso, es uno de sus aviones favoritos de la Segunda Guerra.

A diferencia de una maqueta estática, un diorama necesita contar una historia que el espectador pueda leer de un vistazo, y que despierte una emoción —sorpresa, tristeza, hasta humor—. La historia que armó Bob es la de un joven piloto que, después de escribirle una carta a su madre, sale en una misión en 1942, resulta herido en combate, cae en la densa selva de las Islas Salomón y nunca más se vuelve a saber de él. El diorama muestra cómo se vería el avión —y el piloto— si fueran hallados recién en 1949.

Para narrar la historia sin palabras, Bob recreó tres piezas gráficas de época: un V-Mail (el correo militar en microfilm de la Segunda Guerra) donde el piloto le cuenta a su madre sobre la misión que tiene por delante, sin decirle que se preocupe; una fotografía del piloto sentado en su Wildcat, lograda fotografiando a un piloto real y reemplazando el rostro por Photoshop; y un telegrama de la Western Union del Departamento de Guerra, históricamente preciso, informándole a la madre que su hijo figura como desaparecido en combate.


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La idea original del proyecto surgió de otro diorama que Bob vio hace años: un Hellcat F6F caído y olvidado, en 1/48, obra de su amigo y maestro modelista Bob Bracci.

El kit: de un Revell vintage a un Trumpeter

En un principio, Bob pensaba usar el viejo Wildcat de Revell, hasta que vio el F4F-4 de Trumpeter en un show del IPMS. Aunque no es un kit perfecto, trae un motor radial Wasp bellamente detallado, cabina detallada, tren de aterrizaje muy logrado, superficies de control móviles y líneas de panel grabadas. El único error de Trumpeter fue representar remaches hundidos en el fuselaje, cuando los Wildcat reales llevaban remaches “de cabeza” (pop rivets).

Para diseñar la base, Bob armó el Wildcat de Revell con cinta y lo probó sobre distintos cartones hasta decidir una base circular, que le permitiría mostrar el modelo desde todos los ángulos. Sabiendo que necesitaría mucho follaje, se propuso mantenerla lo más chica posible —igual terminó pasando cuatro semanas cortando y pintando plantas de papel—.

Sobre la selva, tuvo dos caminos posibles: ocultar casi todo el avión bajo vegetación densa, o dar apenas la “impresión” de selva cerrada dejando el Wildcat bien visible. Eligió la segunda opción, porque el foco del diorama era el avión y el piloto, no sus habilidades como paisajista.

El motor y los paneles abiertos

El motor radial del Trumpeter viene exquisitamente detallado y con un capot transparente que permite verlo entero sin necesidad de cortar paneles. Bob sumó líneas de combustible, hidráulicas y eléctricas para completarlo.

La idea era mostrar varios paneles abiertos, como si se hubieran volado en el aterrizaje o en combate. El Wildcat tiene un tren de aterrizaje tipo “A-frame” que se pliega sobre sí mismo; asumiendo que, con los años, habría terminado caído por pérdida de fluido hidráulico, Bob usó como referencia un video de YouTube de un avión radiocontrolado con tren funcional para scratch-buildear un tren parcialmente desplegado.

Las superficies de control de tela —que con el tiempo y la humedad de la selva se habrían degradado— las construyó desde cero con perfiles de plástico Evergreen, usando las piezas del kit como guía: primero los elevadores, después los alerones y por último el timón. Un trabajo laborioso, pero sencillo según cuenta.

La cabina del kit viene bien lograda, aunque los paneles laterales no se parecen a los reales, así que Bob tuvo que rehacerlos con referencias fotográficas encontradas online.

El esqueleto: la pieza más delicada del proyecto

Bob investigó cuánto tarda un cuerpo humano en descomponerse hasta quedar reducido a esqueleto en ambiente selvático: entre 5 y 7 años, tiempo que también definió el estado en que debía verse el avión (deteriorado, pero no reducido a un esqueleto de metal corroído).

Encontró un esqueleto anatómicamente correcto en un sitio de archivos para impresión 3D, en una escala mayor a la necesaria. Su hijo, conocedor del 3D, lo escaló a 1/32 sin problema, aunque el archivo requería muchos pines de soporte para sostener las piezas durante la impresión. Lo que parecía un detalle menor terminó siendo la parte más tediosa de toda la construcción: la resina, si bien capturaba un detalle increíble —hasta los dedos de manos y pies—, es extremadamente frágil, y cada vez que Bob intentaba separar una pieza de sus soportes, estas quebraban. aparte.

Terminó necesitando siete esqueletos impresos para lograr una sola figura completa, armada directamente sobre el asiento de la cabina porque era demasiado frágil para construirla

Ya pintado, el esqueleto se instaló en la cabina junto con jirones de uniforme hechos con papel tisú, un chaleco salvavidas Mae West en masilla epóxica de dos componentes, y un cinturón de arnés hecho con papel y hebillas fotograbadas.

Pintura: decoloración solar y corrosión

Antes del armado final, Bob aprovechó el excelente ajuste entre piezas del kit (fuselaje, alas, superficies de control) para pintar y envejecer cada sección por separado, evitando enmascarados y protegiendo mejor a la frágil figura del piloto.

Trabajó en capas: una base de negro mate seguida de aluminio mate Tamiya (para que se asome en algunos sectores), luego un color base “desteñido” mezclando 3 partes de azul medio con 1 parte de blanco, aplicado en pasadas suaves y salpicadas para dejar asomar el aluminio de abajo. Sobre esa base resaltó líneas de panel y remaches con una mezcla más oscura, y aplicó un desvanecido adicional en las zonas superiores (más expuestas al sol) con más blanco. Para simular corrosión y manchas de vegetación sobre las costuras usó verde amarillento, y finalmente un toque de gris marino mezclado con blanco en las partes más altas para representar el desteñido total de la pintura original.

Para las insignias nacionales, en lugar de confiar en que las calcas del kit envejecieran de forma convincente, Bob escaneó las calcas originales, las editó en Photoshop para crear máscaras (el círculo sin la estrella, y la estrella sin el círculo), las imprimió en vinilo autoadhesivo y aerografió cada capa por separado —usando las líneas de panel como guía para mantener todo alineado—, logrando insignias con el mismo grado de desteñido que el resto del avión.

El desgaste final lo trabajó con óleos de artista (tierra sombra, siena tostada y negro) diluidos en aguarrás mineral sin olor, aplicados sobre líneas de panel y remaches y luego retirados parcialmente con un pincel limpio para dejar sombras sutiles y controladas. El descascarado de pintura lo resolvió con acrílicos Jo Sonja y un pincel 3/0, pintando los golpes de pintura sobre los bordes más expuestos.

La selva: seis semanas de trabajo

Sin dudas, la parte que más tiempo demandó del proyecto fue el follaje selvático: unas seis semanas entre investigar vegetación tropical y recortar y pintar plantas de papel.

Las dos palmeras que parcialmente cubren el avión nacieron de ramas reales de su jardín, envueltas con cinta de enmascarar en capas irregulares para dar forma al tronco, selladas con cola blanca diluida y masilla Tamiya para dar textura. Las hojas de palmera las diseñó digitalmente a partir de una referencia encontrada online, las imprimió en papel común, las aerografió en distintos tonos de verde y marrón, y las recortó una por una con bisturí, variando forma y tamaño para que se vean naturales. Cada palmera lleva unas 20 hojas.

Para el resto del sotobosque —unas 10 variedades distintas de plantas y arbustos típicos del Pacífico Sur— repitió el mismo proceso de diseño, impresión, pintado y recorte. Algunas plantas pequeñas llevan alambre dentro de cada hoja para poder darles forma de tallo. La cobertura de suelo es una mezcla casera de hojas de té secas, hojas caídas de su jardín procesadas en la multiprocesadora, trozos de soga de cáñamo y recortes de papel sobrantes de las plantas, más pasto estático para rellenar zonas peladas.

La enredadera que atraviesa las superficies de control del Wildcat está hecha con soga de cáñamo fina y hojas de papel pintadas en verdes y marrones, pegadas a lo largo de la soga.


El arroyo: agua en movimiento

Para darle vida y movimiento a una escena por lo demás estática, Bob sumó un pequeño curso de agua. Cerró ambos extremos del cauce con cinta de enmascarar y volcó unas 8 onzas de resina epóxica transparente de dos componentes con un toque de verde oliva para simular el fondo turbio, dejando curar 24 horas antes de agregar una segunda capa (con apenas una pizca de color) y, 24 horas después, una capa final totalmente transparente. Ya curada la resina, pincel en mano, aplicó agua para diorama en pequeños remolinos para simular el movimiento del agua alrededor de piedras y raíces, resaltados después con blanco brillante.

Las raíces que asoman en la orilla las consiguió arrancando malezas de un campo cercano a su casa, sacudiendo la tierra y dejándolas secar antes de insertarlas en la arcilla Cell-U-Clay todavía húmeda. Piedras, guijarros y ramas caídas completaron el lecho del arroyo.


El montaje final

Después de tres meses de trabajo, llegó el momento de instalar el avión definitivamente en la base (ya lo había probado antes, en la arcilla húmeda, para formar el “molde” donde encastraría). Con el avión pegado, Bob rellenó los bordes del fuselaje con arcilla y cobertura vegetal sobrante, y dejó que enredaderas y vegetación treparan por los costados para completar la sensación de una máquina de guerra largamente olvidada.

Mirando el diorama terminado, Bob confiesa que casi puede imaginar a un grupo de exploradores de National Geographic saliendo de la espesura y encontrándose, de golpe, con esta escena. Y se queda con la certeza de que, desde ese momento imaginario del hallazgo, ese piloto valiente deja de figurar como “desaparecido en combate”.


Sobre el autor de la obra: Bob Lomassaro es Managing Editor del IPMS USA Journal. Artículo traducido y adaptado con su autorización, con crédito completo por el texto original y todas las fotografías.

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